5º Domingo tiempo ordinario C –  7 febrero 2016

 

Lucas 5,1-11   Lo dejaron todo y se fueron con él

Para ti que ya crees que todo se acaba…

Que solo queda sentarse a esperar el fin

Que ya no quedan más que unas pocas lágrimas y ya está

Que todo está dicho

Que no se puede hacer nada

Todavía te quedan oídos para oír y ojos para ver, un corazón entrenado y kilómetros de camino duro andado, seguro que me entenderás.

¿Ves ahí a Jesús? Sentado en medio de la gente, “apiñada” en tierra firme, hablando y compartiendo vida y verdad, tan ocupado en las cosas del Reino… y sin embargo tan presente que nada de lo que ocurre se le escapa y aún repara en aquellos pescadores que atracan cariacontecidos, con cara de pocos amigos y profunda amargura, entre juramentos y gestos de exasperación… a ver que se llevan hoy a casa. ¿Con qué cara aparezco hoy y le cuento a mi gente que no hay nada para comer? Cuántas ideas y perspectivas cruzan sus mentes a la velocidad de la luz, pero ninguna solución… bueno, la culpa la tiene la sociedad, el gobierno, los romanos y los curas. Ahí tienes a ese que los tiene embobados, si fueran a trabajar en lugar de atender a tonterías. Espera… nos ha visto, parece que viene para aquí.

-¿me dejas la barca?

– Como quieras, por lo menos servirá para algo… allá tú y tus antojos.

Jesús en el agua; en tierra de nadie, lugar incierto. El agua es ese elemento no firme, no seguro, no domesticable, escurridizo y sumamente traidor.

El agua es un no lugar, no es sólida ni segura. Todavía hoy embarcarse significa jugarse la vida. La gente marinera me está entendiendo. Una vez en alta mar, la sensación es de estar a ninguna parte con o sin mapas de navegación toca activar la confianza, toca encender la esperanza ciega que en algún momento volveré a tierra firme pero que nada me lo garantiza.

Los evangelios están llenos de surcos en el agua, de esos que se borran nada más hacer unas cuantas ondas, también de algunas pisadas porque para el Maestro todo es tierra firme, todo es esperanza y todo es vida. No hay duda.

Observa como elije hablar desde ahí, desde tu no seguridad, tu certeza de fracaso y fin de trayecto, tu desesperanza?

Observa como hace de esa chalana oliente a pescado y sudor un púlpito, una tribuna universal y libre.

Elije precisamente tu barca de perdedor cabreado y cabizbajo, esa que ya casi no te sirve para nada.

Poco a poco se te va quitando esa cara de obcecación y le vas poniendo interés al rabí. A ver qué cuenta, no tienes nada mejor que hacer.

Sí, en la vejez, en la cama del hospital, en la sala de espera del dentista, mientras corre el gotero de la quimio o estás esperando en la puerta del quirófano, o mientras no sale tu número en la fila de desempleados que por enésima vez culminará en lo mismo de siempre, cuando el tiempo se hace eterno, el Eterno se cuela, se abre paso sin que te enteres. Así, sin hacer ruido, te busca y algo se ablanda a pesar de las resistencias avaladas por muchos años de experiencia o muchos libros leídos.

Ya se calla y te mira, sí, a ti que ya no sabes que pensar de todo lo que escuchaste y te sientes, para tu vergüenza, reblandecido por dentro.

  • Echa las redes a este lado por favor.
  • Venga, que estoy de vuelta y no hay nada que pescar y ¿tú qué sabes de esto? En pleno día no se pesca, no tienes ni idea y yo me muero por descansar que me pasé la noche trabajando.
  • ¿qué puedes perder?
  • Nada, lo que tú digas… allá vamos

Me encanta lo educado que pintan a Pedro en el relato oficial, que tiene forma de ritual para la misa. “Sí Maestro” “Como tú digas Maestro”.

Ya sabes como sigue, la barca rebosante, las redes a punto de romperse, otra barca para ayudar y los gritos de asombro, el agradecimiento, la transformación, la metanoia, la conversión.

Sentir que nunca nada ni nadie está perdido, que si acercas la copa rebosará. Pero tienes que aceptarlo, atravesar tu selva interior de contrariadx “de vuelta de todo”, tal vez comerte el orgullo. No importa que otros te vistan, que no te puedas mover, que los cables de la UCI te impidan hasta sentirte persona. No importa… importa que hagas ese camino hacia la libertad, que te atrevas a desatracar de tus certezas y sueltes lo que pesa lo seguro y lo que vale.

Soltar amarras y remar mar adentro, sí se puede. Siempre se puede. Poder con el temor, con el miedo a perderse, a perder la compostura o la vida. Es más no hay más camino que el surco en la mar, en lo incierto del silencio interior y exterior.

Tal vez alejarse del telediario de vez en cuando y asomarse a tu mar profundo y preguntar ¿hacia dónde remo hoy? Cualquier cosa menos quedarse sentado en la orilla viendo pasar la vida. Porque aunque te quede poca ( a cualquiera le puede quedar poca, no se sabe) un minuto bastará para que todos los peces del mundo llenen tu barca, para que tu copa rebose.

Y exclames “¡me llamas a mí!!” y se te llene el alma con su sonrisa.

¡Con cariño!

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