Primer Domingo de cuaresma (ciclo C)

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«  Jesús lleno del Espíritu Santo, fue llevado al desierto por el Espíritu donde fue tentado por el diablo durante cuarenta días”.  »

Evangelio según san Lucas 4,1-22

Meditación

Ocurría en Mosul, la Ciudad de Irak donde nací.
“Convertíos, os dejaremos libres y seréis de los nuestros. Si os negáis, tendréis que pagar el rescate  o bien os mataremos” Esto es lo que los islamistas de Daech nos dijeron. Pero quedaba una última opción: huir.
Esto ya pasó hace año y medio. Desde entonces muchos son refugiados, dispersos por el mundo, a los cuatro vientos. Pero la mayoría todavía viven hoy como refugiados en el norte del país donde carecen de todo. Casi todos quieren marcharse, para tener un futuro.

Nuestro pueblo, en el desierto, afronta las tentaciones. El demonio nos empuja a pedirle a Dios que cambie la piedra en pan, que nos dé el poder de aplastar al enemigo, de hacer milagros para asegurar la victoria. Algunos, tentados por la violencia, se levantan contra la comunidad y la gente de Iglesia. Otros se rebelan contra Dios o incluso comienzan a dejar de creer en Él. Afortunadamente, la gracia del Señor está ahí. En este desierto, la fidelidad al Evangelio es nuestra brújula. Oramos. Celebramos la eucaristía. Celebramos la Navidad y la Pascua.
Pero Jesús nos pide más todavía. A nosotros, perseguidos, desposeídos de todos nuestros bienes, en el exilio, nos plantea la pregunta del perdón: ¿Será posible, algún día, conseguir una verdadera reconciliación con los que nos persiguen? Yo sí creo que es posible. Todos, somos los hijos de Dios, llamados a hacer las paces  y a resistir las tentaciones del demonio. Como él, como Jesús en el desierto. ¿Acaso nosotros, cristianos de Iraq, seríamos los únicos a quienes tienta el demonio? No, tú y yo, usted, todos estamos metidos en esto. Que el Señor abra delante de nuestros pies el camino de la paz y del perdón.”

 

Traducido del francés

El original aquí: http://ml.retraitedanslaville.org/HM?b=s1NC79YVDCBpEyX48IZ-6AGaAB8tudshqe3yDdEYckaoORGjy6Tr4hKbZWsGmbf5&c=xezGzp57obCNIHC_Xen54A-

 

Este testimonio de martirio… eso significa mártir, testigo, deja claro que lo vivido por Jesús en el desierto, aunque sepamos que la forma de narrarlo tiene que ver con episodios de la historia del pueblo judío se asemeja asombrosamente a la vivencia de estas gentes, a las nuestras, a la de los pobres y aplastados de la historia.

El mal no descansa, y estas páginas del evangelio son imposibles de arrancar. Queda escrita en Jesús la historia de su pueblo, de cada uno y cada una de nosotros, de nuestros pueblos y sus tribulaciones.

¿Quién no ha atravesado en su vida el desierto? Esos momentos más largos que cortos en que parece que carecemos de lo básico, de recursos o del mismo aire para respirar. Porque hemos tocado fondo y no quedan fuerzas para seguir remando. Así representa a Jesús este relato, hambriento, en el umbral de la inanición, solo, expuesto, vulnerable.

Y en esos momentos es cuando el mal parece aprovecharse para colarse más adentro.

Entonces rechazamos hasta la esperanza de salir adelante “esto ya no tiene remedio”. Yo dije una vez al acostarme “por favor, no volver a levantarme nunca más” pero un día nuevo amaneció y hubo que levantarse, poner un pie delante de otro. Seguro que no soy la única.

Todo esto lo asume Jesús, igual que este hermano o hermana de Iraq que nos regala este pedazo de vida y de dolor traspasado por el Espíritu.

Y una da en pensar. Si ellxs pueden yo puedo, tú puedes…

Podemos con la pobreza

Podemos con los desahucios

Podemos con el orgullo

Podemos con los celos y el egocentrismo

Nuestra fragilidad es real pero con “la fuerza del Espíritu” somos invencibles.

Este relato es un condensado de como Jesús entendió la salvación, no como una redención etérea del alma o pendiente, para el más allá, como promesa melíflua de no se sabe muy bien qué.

Nuestra salvación, o redención, es lo mismo, entra en nuestro mundo real, se cuela en nuestras cocinas a la hora de la bronca, en nuestras mesas de familia cuando arrecia la discordia o alguien sale golpeando una puerta. Irrumpe tozudamente en nuestras crisis más íntimas, tristezas, depresiones, miedos, angustias, esas de las que yo me sé el nombre y tengo tan claro que no se puede resolver. Insiste en romperse, como ola de temporal, justo contra esa cadena que te tiene atada.

Nuestra salvación, la derrota del mal, tiene dos apellidos, como los españoles, se llama libertad y confianza.

Se trata de acompasar mi voluntad a la voluntad del Padre, la Esencia Divina que puede con todas las hambres, con tal de que demos el paso de la confianza, de que te fíes ciegamente. Porque sí, ya sé que a través de las lágrimas no se ve nada.

Porque la familia falla, los amigos fallan, los políticos ni os cuento, la Iglesia falla… Acabo de ver Spotlight, una película que os recomiendo http://porelpanyporlasrosas.weebly.com/peliacuteculas-online. Para no pisar una iglesia en lo que me queda de vida.

Y sin embargo, la confianza es la llave…

Fijaos, el mal pone condiciones “si haces esto yo te doy lo otro…” Y hasta promete lo que no tiene, valiente mentiroso. Y hace como los fariseos, alude a la Escritura, hipócritamente “está escrito”… a lo cual “Jesús replica con un “pero se dijo”.

Es la promesa condicionada contra la confianza total, la rendición sin condiciones.

¿Sabéis cuando hay que fiarse? Cuando no hay condiciones ni precio a pagar. Siempre que ocurre, Dios anda por nuestros lares.

Fijaos en como el demonio utiliza la expresión “Hijo de Dios”… nada que ver con la forma de Jesús de entender su filiación con su Abba.

Sus años entre nosotros parece, han sido insuficientes para comunicarnos su concepto de filiación, para meternos dentro la pasión loca que guiaba sus gestos y palabras, para contagiarnos su confianza. Por eso el demonio, el mal con toda su mala baba, lo esperaba en Getsemaní “el tiempo apropiado” con la última tentación… hasta dónde le llegaría la confianza.

Hasta dónde llega la mía, aquí ahora, a diario, con los demás, por dentro. Es el precio de mi liberación, de mi salvación.

Puede que estas palabras suenen utópicas o ilusorias porque nos agarramos a nuestros miedos como si fueran tablas de salvación. ¿Por qué tu miedo y tu angustia te parecen más seguras que la confianza? Pregúntatelo, solo tú puede responder, nadie lo puede hacer por ti.

Esta Cuaresma, os deseo confianza para tirar por la borda lo que no libera, lo que no deja fluir la alegría, un ayuno al revés, ayunar de tristeza y desconfianza, ayunar de ese hábito que no te deja disfrutar de la vida, cada cual sabrá lo que es, importa nombrarlo, es tu demonio particular, para que cada día vaya amaneciendo más temprano hasta la luz diáfana de la Pascua de quien venció el mal y nos espera, nos cree capaces de hacer lo mismo, su resurrección no está completa sin la nuestra.

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