IV domingo de Cuaresma C 2016

EVANGELIO según san Lucas (15,1-3. 11-32.)

 

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publícanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola:

“Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.” Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y el replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado. El padre le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

“Me libró de todos mis temores” (sal 33,6)

La parábola del Padre Todo Amor se enmarca en la respuesta a esas murmuraciones insanas de los bien pensantes ante la presencia de aquellos a quienes ellos se permiten considerar pecadores.

Tiene que ver con nuestra manía de etiquetar, juzgar, separar y clasificar. Este sí, este no. Así razonaba yo esta mañana cuando, en un grupo de mujeres de un barrio me presentaron como sacerdote y alguien dijo: ¿puede ser eso? Tenía la prueba viviente delante de ella y todavía dudaba. Aun así escuchó la oración recibió la bendición inclinando la cabeza, luego dio las gracias y pidió que volviera más veces a rezar con ellas.

Iba yo por el camino de vuelta en una interminable carrera en autobús pensando “cuando creen que una mujer no tiene derecho a orar en público y bendecir deberían de acordarse de todas las parroquias en que los capos narcotraficantes consiguen sus bendiciones, sacramentos y practican sus devociones ¡al niño Jesús y María Auxiliadora! sin que nadie los excluya ni excomulgue, (claro que a la par depositan sus cuantiosos donativos) ¿quién peca más? Cavilaba yo llenándome de razón.

Luego recordé la parábola que estaba meditando para hoy y pensé: ¿quién soy yo para decretar el merecimiento de nadie o su grado de pecado?

Esta lección magistral de Jesús nos viene al pelo a todxs, no se libra nadie. Aunque se subraya que los tres protagonistas -todos varones por cierto ya que ninguno de ese papel hubiera sido coherente en una mujer por su situación en aquella época, simplemente habría resultado inverosímil- se bastan para interpretar toda la historia de la relación de la humanidad con su Dios, yo apuntaría a un par de actrices secundarias que no están representadas por personajes humanos.

Me refiero a la apertura de corazón y la libertad, para empezar. Estas son las que salvan al hijo trotamundos, el que se echa la mochila a hombros y se va a recorrer el mundo, como hicieron y hacen tantos jóvenes aún hoy. Recuerdo a mis compañerxs de clase de bachiller, unxs cuantxs volvían de Katmandú a la vuelta del verano, o el Che en su motocicleta. No es infrecuente que las crisis vitales nos echen a los caminos apostándolo todo por lo desconocido con tal de cambiar de paisaje, ensanchar lindes, sentir el cosquilleo de lo prohibido… y a pesar del alto precio que se puede pagar… también recordé el final del Che.

Solemos ver a ese hijo menor como un desagradecido pecador que abandona la casa paterna después de osar pedir su herencia por adelantado. Aspirar a la emancipación radical, a la separación, el corte de cordón, con Dios y con todo puede parecer legítimo para quien necesita crecer, realizar el ser que lleva dentro.

Este demuestra que tiene esa capacidad de apertura y ensanchamiento que es un auténtico don divino. Es más, es una condición para evolucionar. Esa apertura vivida como hambre potente, sed de desconocido y espacios abiertos es un regalo que lleva aparejada la conquista de la libertad. Esa es la verdadera herencia que ese hijo recibe. No podía recibir otra más grande.

El peligro radicaba en lo que haría con ella…

Pecadores y recaudadores, pecadoras como la mujer en casa de Simón… ¿qué importa? si en el fondo se da en ellxs esa hambre radical que abre y libera.

Dios lxs espera siempre, que lxs, nos ama incondicionalmente, están, estamos salvadxs de antemano, como si esa salvación nos acompañara escrita en los genes, preescrita en herencia perpetua, precisamente, por adelantado.

Y el hermano de casa, ese oligarca, burgués acomodado y satisfecho. El que se merece su piso de 400 m2 perfectamente decorado, su sueldo consecuente, su cuenta de ahorros y todas esas cosas ¡que lo mantienen esclavo! El nunca dio un paso en falso y puede permitirse mirar con condescendencia al mendigo o a la prostituta de la esquina. Misa de 12h todos los domingos, paga sus impuestos y cumple con sus deberes en la familia. No sabe que está más muerto que vivo.

Leía el otro día el relato espeluznante de un nieto de un colaborador francés con el régimen nazi; tras su fachada de abuelito adorable vivía alguien que había enviado trenes enteros de judíos a los campos de concentración. Un bien pensante que cumplió con su deber. Su descendencia sabía sin saberlo que un terrible secreto que otros sí conocían estaba haciendo sufrir ya a varias generaciones. Hasta que su nieto investigó, buscó las pruebas documentales y publicó toda la historia en un libro reciente. Decía él en una preciosa entrevista “no quiero estar muerto antes de morir por no vivir con la verdad”. No es tan difícil estar muerto en vida.

Ahora que hemos volteado la tortilla como sugiere a primera vista la parábola, que hemos captado la subversión de Jesús al demostrar la inoperancia de la ley y las convenciones, toca sin embargo bajar la cabeza y reconocer que “tú siempre estás conmigo, todo lo mío es tuyo” es la respuesta que recibe ese amargado hermano mayor aburrido y sentenciador. Ya lo tiene todo, nada se le ha sustraído con la sangría del hermano al patrimonio paterno. Es inagotable, no caben envidias porque hay suficiente y aun en excedente.

Seas el hermano menor, bendecido con el don de la apertura y la libertad, intrépido pero tentado por la destrucción, seas el mayor, colmado que lo ignora. En una vida suele dar tiempo a ser ambos, dependerá de los momentos.

La cuestión es que DA LO MISMO.

Da lo mismo que cumplas o no con las leyes, que te apartes o no del camino, que te busques la ruina, que des mil tumbos por la vida y la estragues…

Ahí está el abrazo esperándote, estrechándote ya en silencio. Una cantidad de ternura cálida y terca te envuelve desde antes de tu nacimiento. ¿El verdadero desafío? Ponerte a su alcance, ser lo bastante abiertx y libre para aceptarlo, diría incluso que humilde, saborearlo lanzarte a él a cuerpo perdido con confianza. Dejarte querer, o no. Esa es la cuestión.

El abrazo de regreso está apretando desde el principio del camino. Lo que mata es no saberlo, esa es la gran desgracia, a la hora de la desesperación cuando ya creemos ni siquiera ser humanos sino peores que “cerdos” (perdón hermano cerdo). Superar esa fase es el reto, levantarse y ponerse en camino es la parte que nos corresponde de la tarea. Nadie nos salvará en contra de nuestra voluntad.

Y ¿sabes una cosa? esto, lo tienen más fácil los que han tocado fondo, quienes se lo han jugado todo, quienes ya no tienen nada que perder. Lxs radicalmente empobrecidxs y alocadxs.

Sí, confieso que abruma pero es verdad. Y si quedan dudas, remítanse a “tú siempre estás conmigo, todo lo mío es tuyo”. La Gracia es nuestro ADN, el abrazo la estructura de nuestro ser.

Sé que tal vez se esperaba la lectura moralizante “mejor pecador arrepentido que justo satisfecho”, una de tantas que se escuchará hoy, junto con las consabidas llamadas al arrepentimiento. Caben muchas y lo sé.

Reconozco que no he sido capaz de quedarme ahí, tal vez porque necesite tanto este gran hermanamiento absoluto con toda la Creación y mis hermanos y hermanas de la raza humana, porque lo presiento indispensable para la gran reconciliación que necesitan mis pueblos. ¿Acaso no nos arde la garganta de sed por La Gran Paz?

Reconozco que las risas en casa del Padre, los ruidos de la fiesta en torno a la mesa me dan esperanza hasta niveles indescriptibles e indispensables, aquí y ahora, para seguir peleando.

Reconozco que no disfrutaré de ese bendito abrazo mientras todas y todos no nos encontremos, al mismo tiempo, al fin, en él.

En la hermandad universal de rotos y feroces, cobardes, criminales y fracasados, alcohólicos y drogadictos, despiadados… (que cada cual se identifique con lo que quiera), quedan barridos los miedos, no queda nadie fuera, digo bien nadie, y aquí la ley no vale nada, la certeza del cumplimiento se hace añicos y con ella los méritos ilusorios. Tremendo escándalo que se estaba llevando a Jesús a la cruz a pasos agigantados, el precio que costó abrirnos los ojos y el corazón. Se gastó toda su herencia con nosotros. Un abrazo lo esperaba.

Luz

 

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