Homilía pascual ser valiente y la valentía de ser

 

“Il n’y a pas de preuves valables de l’existence de Dieu, mais il y a des actes de courage ou de foi, dans lesquels, par exemple lorsque nous regardons en face le désespoir ou que nous acceptons l’absurdité, nous affirmons la puissance de l’être et nous témoignons de la présence de Dieu en tout ce qui est.” Paul Tillich, Le courage d’être

No dispongo ahora del texto español oficial de El coraje de existir pero daré una traducción aproximada:

“No hay pruebas válidas de la existencia de Dios, pero sí acciones valientes o de fe, en las cuales, por ejemplo cuando miramos a la cara la desesperación o cuando aceptamos lo absurdo, afirmamos el poder del ser y damos testimonio de la presencia de Dios en todo lo que es”

Lo habitual, a la hora de escribir o preparar una homilía, es hacerlo antes de pronunciarla, con tiempo suficiente para rezarla, meditarla, profundizar quien va a hablar, para poder así comunicar a su comunidad lo mejor que puede y acorde con las necesidades de la misma el núcleo de los textos ofrecidos por la liturgia, el corazón del evangelio. Se trata de dar no solo contenidos sino testimonio, de poner la carne en el asador y en definitiva, darse. Se trata de ser antes que hablar, de compartir vida y no ideas descarnadas. Todo un programa en el que soy aprendiza y feliz incursora, pensando en no superar nunca este estadio, con la ayuda de Dios.

Esta vez procederé en sentido inverso, que no contrario. Partiré de lo vivido en Semana Santa y Pascua para dar testimonio de la Palabra que se encarnó ante mis ojos maravillados y agradecidos. Traigo noticias de la Vida, de la que vive en la pobreza más absoluta, en el despojamiento que sufren los hermanos y hermanas con quienes he compartido estos días  en un paraje paradisiaco de la hermosa Colombia, donde sus habitantes, campesinos tan pobres que cambiaría todo lo que tengo por un poco de su fe… su única riqueza.

¿Qué traigo de vuelta para compartir?

Rostros y pies, manos, heridas sin fondo, miradas llenas de Dios y luz, lutos por muertes tan injustas que no deberían caber en el mundo, hambres y sedes corporales, espirituales y de todo tipo.

Traigo un costal lleno de historias “le pegaron un tiro aquí mismo, tenía 17 años, yo 7, lo vi todo”, “la enterramos aquí delante de la puerta de su casa, ¿no le dijeron sus hijos?”, “aquí nunca viene nadie, ni el cura, ni el cartero ni el médico”, “no sé leer y escribir”. No me caben todas pero mi memoria las atesora todas, mi corazón no para de molerlas hasta conseguir extraer de ellas las substancias con qué alimentar la esperanza, para entender, para dar testimonio y hacerlas vida.

Son las mismas que escucho en otros lugares, hablan de indigencia, de injusticia, de violencia, de recursos robados, de abusos sin fin. Aterrizo, y perdón porque cada vez que pasa se me queda la misma cara de boba, la misma mirada espantada… no me acostumbro.

Hace unas semanas tenía una conversación con una compañera acerca de la actualización de la Pasión de Cristo en cada eucaristía. Ella decía que eso “ya había pasado hace mucho tiempo” y que era hora de quitarle el dolor y hacer de nuestras celebraciones lugares alegres. Yo le decía que mientras sangrara el corazón de uno solo de sus hijos, una sola de sus hijas, el corazón de la Madre-Padre seguiría sangrando, que no podía dejar de verlo cada vez que celebro.

No quiero dejar de verlo.

No me da la gana.

Pasar por alto el sufrimiento, el dolor y la injusticia es negar nuestra humanidad, es negar que haya nada que salvar, es, al fin convocar la mejor prueba de la inexistencia de Dios. Vaciarlo de contenido.

La Pasión nos arrastra, desde el Domingo de Palmas hasta el de Resurrección tras las huellas del dolor injustamente padecido y la desesperación. Dije el domingo de Ramos: “No sé vosotros pero cada vez que leo la Pasión se me despierta la misma angustia que cuando era más niña y no la recordaba de un año para otra. Claro que me sé el final pero algo en mí no cesa de repetir ‘ahora lo van a soltar, ahora se verá que no tiene culpa y lo van a soltar, ahora deberían soltarlo, está claro. ¿Cómo han llegado tan lejos? No puede ser… ahora va a pasar algo y no lo clavan”. Mi niña interior sigue con sus susurros, inútilmente.

Y le decía a la gente que seguramente ellxs habían pasado por lo mismo con sus enfermxs, dándolo todo hasta el último suspiro, porque “no puede ser, no se va a morir. Pero sí se murió. Tras una agonía interminable, tras un paseo de 4 horas a pie bajo el sol buscando un médico, de una paliza una noche de borrachera, en un parto, picada por un insecto o tiroteado por soldados”. Sí ocurre, sí puede ser y así es, fue y será.

Cuanto antes nos enteremos mejor. Nadie es invulnerable, no solo le pasa a lxs otrxs. Y hoy mastico el sabor que deja que cuando te pasa a ti, a él, a ella, a mí me está pasando, a Dios le está pasando. La Creación entera cruje y se resquebraja cuando el dolor arrecia, en ella se graban todos los gritos y lamentos, todas las quejas y protestas.

El mal, el sufrimiento, forman parte de nuestras vidas aunque vivamos anestesiadxs y satisfechxs.

Solo toca abrazarlos, asumir nuestra parte, mirarla a los ojos, encararla, y sí, vale llorar y chillar, vale salir a la calle, vale pelear por un mundo mejor, aunque a veces no sirva y ganen los de siempre. En este país asesinan semanalmente por lo menos uno o una líder campesina, ecologista o pacifista… defensorxs de derechos humanos. Pero ahí vamos.

Hay males y tristezas que habitan el tejido oscuro de la materia y desde ahí nos acosan. Negarlo no ayuda.

¿Entonces qué?

Entonces el valor, entonces el coraje, entonces la fuerza afrontarlos, nombrarlos, pararse a repasar el cuerpo y sus cicatrices, las que todavía sangran y las viejas, y las heridas abiertas.

Entonces la santa fiereza de reconocerlas y… amarlas, abrazarlas y acogerlas.

Entonces reconocer que no tengo nada, como aquella gente pobre, reconocer que todo cuanto creo “tener” es mentira. Que, como aprendí de ella, solo soy, existo y solo eso es verdad.

Y como Jesús, presentarse así ante las autoridades religiosas, políticas y morales, ante el pueblo chismoso y versátil, ante la prensa si hace falta. Desnuda y sin más que lo que soy.

Entonces dejar que me atraviese la luz, la luz paulatina como sol que amanece y va mostrando los verdaderos contornos de lo que es. Dejarme abrazar por el único que tuvo el valor de solo ser, solo amar… y nada más.

Entonces abrir los ojos y no reconocerlo en el claroscuro de los primeros rayos, balbucear un sollozo por lo perdido, por lo ido y la carne destrozada. Y de pronto saber, no por la piedra apartada y los lienzos amontonados en la esquina que ni siquiera repasé, saber que sí, que vive y es, no podía ser de otra manera.

Me vais a permitir que traiga la noticia de la resurrección desde un lugar remoto parado en el tiempo desde antes de la luz eléctrica y el teléfono fijo, desde antes de las cañerías y el saneamiento urbano, muy antes del invento del paso de peatones y hasta el arado. Pero sí un tiempo en que existen los fusiles, la desidia de los políticos descarados que venden los votos a golpe de inodoros, el abuso del clero que cuenta estipendios y no almas, de unas maestras que tiran bolígrafos a la cara de sus alumnas si no se saben la tabla. Un tiempo de compañías petroleras que amenazan con infiernizar el Paraíso a bajo costo.

Me vais a permitir que levante mi monumento de palabras para esa gente que a pesar de todo alza las plegarias más auténticas que jamás he escuchado, que en lugar de trenes de mercancías pide que suba alguien a hablarles del Nazareno y a rezar con ellos. Que a pesar de no tener nada consiguió que engordara mínimo 2 kilos en una semana y me sacó el alma por la boca.

No preguntaron nada, no les importó mi género ni mis credenciales, ni mi hoja de vida, ni mi historia solo querían oír hablar de Jesús y orar y reunirse a compartir y hacer fiesta con él. ¿Podréis creerlo? A mí aún me cuesta, como la Magdalena, soy tardona en amanecer y el corazón magullado arrastra los pies ante las maravillas del coraje, la libertad soberana, la dignidad. Cuesta acostumbrar los ojos medio aturdidos de tanta realidad virtual que es mentira.

Partí de allí -pero espera… ¿de veras partí?…a veces lo dudo- con la certeza de haber cohabitado con el Resucitado, de haber besado, abrazado y consolado torpemente a su madre, de ver como sus amigas se trenzaban el pelo, y toqué sus pies embarrados. Porque en ninguna otra parte, antes lo había tocado tanto y tan de cerca, tan dentro.

De eso doy testimonio y eso transmito, y hay más testigxs…

Mis hermanxs campesinxs me decían, ante un amago de interrupción de la misión por un incidente, el lunes: “por favor no te vayas, no ahora, no puedes irte”, y al final casi ordenaban “promete volver, tienes que prometerlo”.

Y ya de vuelta a la ciudad de los sin coraje, de los pusilánimes enjaulados y aburguesados musito yo también de cuando en cuando “por favor no te vayas, promete volver, quédate conmigo…”.

Me agarro a la mirada de Jesús a Pilato, a la que paseó por su gente que gritaba “suelta al ladrón”, a la que dedicó a Judas, a sus lágrimas y a la desesperación acogida con lucidez y valentía. ¿Quién sabe si esa desesperación, como dice Tillich, no fue la clave de su triunfo? ¿Acaso su última entrega amorosa fue en brazos de la desesperación? ¿Acaso el amor más grande sea dejarse caer en brazos de la vida con valentía? Entonces voló libre de una vez. Tal vez ese sea el verdadero sentido de la palabra resucitar.

Cristo vive en mi gente, que es nuestra gente, porque queda gente valiente, capaz de enfrentar sus miedos, sus lutos, sus embarradas y sus caídas, capaz de abrazar el sol. Y resucita, lo juro por Dios. ¡Alleluyah!

 

 

 

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