IV domingo Pascua C vivir en tus manos…

Homilía 4º Domingo de Pascua C 2016

vivir en tus manos…

EVANGELIO  según San Juan (Jn 10, 27-30).

“En aquel tiempo, dijo Jesús: Mis ovejas escuchan mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen; yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; no me las arrebatará nadie de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es más que todas las cosas; y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa».

Ayer, sábado, justo antes de empezar a escribir estas meditaciones, me quedé atrapada en unas palabras Ste Bernadette Soubirous, vierge (1844-1879)St Benoît-Joseph Labre, pèlerin, mendiant (1748-1783) . Venían en una página donde diariamente recibo las lecturas del Evangelio del día.

No puedo despegar mis ojos de esa apostilla que define a Bernadette como “virgen”. En cambio nada sabemos del estado anatómico del hermano que la acompaña en el santoral, que dicen fue peregrino y mendigo. De modo que así reparten los méritos en el Olimpo católico. Las unas se definen por características anatómicas y los otros por sus acciones y estatus social.

Ya sé que esto es tradición que ocurre todos los días, pero hay momentos así, te golpean las palabras y te pillan sin la visera puesta y los ojos se ponen a llorar y se te abre un boquete allá muy hondo, donde van a parar las cosas que duelen mucho. Abriendo las heridas ancestrales

Me pilló este descubrimiento en plena meditación del Evangelio del Buen Pastor y sus queridas ovejas. En realidad, convendría mejor decir su querido rebaño. En realidad, lo que se ha traducido por “ovejas “es un “rebaño”, el pueblo en definitiva, en línea recta con el lenguaje del Antiguo Testamento, el de los profetas. Ni son ovejas ni carneros, ni borregos sino una familia grande y sin particularismos, donde cabe todo el mundo.

El único criterio de pertenencia es “escuchar su voz” y seguirla “caminar tras ella” como sugieren algunas traducciones, lo cual significa adherir completamente a la persona y a su palabra.

En Juan no hay exclusión sino la que ocasiona nuestra negativa a seguir al Pastor, o el seguimiento de pastores errados.

Nada dice de machos y hembras, de excomuniones, grupos marginados, colectivos más o menos tolerados o con menos derechos, ni de tribunales, ni leyes codificadas o jurisprudencias… nada… solo decidir seguirle o no seguirle.

Decidir entre vivir y perecer; estar o no estar en su mano, en la mano del Padre, esa es la decisión. De modo que no se trata de un rebaño de idiotas mal informados y seguidistas, de un pueblo que se deja guiar y comulga con ruedas de molino. Decidir escuchar su voz y seguirla es un compromiso que solo pueden tomar personas adultas, dignas y respetadas. Gente en pie con libertad absoluta, y libertad informada.

Basta ya de pueblos aborregados y acríticos que dan por bueno todo lo que salga de un púlpito, o de un atril senatorial, da lo mismo.

El rebaño del que habla Jesús se compone de gente que puede oír, es capaz de poner un pie delante de otro por voluntad propia para el seguimiento, se trata de personas inteligentes.

Aunque suene a vieja lección, llueve como agua fresca sobre el alma al conocer que Jesús respetaba y amaba profundamente a cada persona y que la interpela, hoy igual que entonces, para que tome sus propias decisiones y no se deje contar historias por cualquiera.

Cuando sentimos hondamente ese respeto, ese cariño confiado de quien se dejó la piel por nuestra libertad, surgen respuestas libres, creadoras y creativas. No surgen liturgias mortecinas ni retahílas sin sentido, nace una voz liberada desde dentro, inimitable, inconfundible voz de profeta.

Ya Jesús, según Juan, inició su discurso sobre el buen pastor con anterioridad, posiblemente días atrás. Estas frases son su respuesta a una pregunta acuciante de los judíos que quieren salir de dudas, y su forma de preguntar denota impaciencia; ¡aclárate ya de una vez! ¿Eres o no eres el Mesías? Si fuera tan fácil…

Con bastante probabilidad, Jesús no pronunció delante de los judíos, que le rodeaban,  la frase sumamente blasfematoria de “Yo y el Padre somos uno” que le habría merecido un linchamiento inmediato, y tampoco era tan fácil escapar a la lapidación, sobre todo estando expuesto en el mismo Templo. Esta ya es catequesis de Juan, de su comunidad, y el inicio de una teología de la Trinidad que se culminaría poco después. Por supuesto que también se puede pensar que Jesús manifestó estos pensamientos en privado, pero él sabía que esto era una blasfemia y, como hace en los sinópticos, se puede pensar que solo se refirió a sí mismo, como mucho como Hijo del Hombre e Hijo del Padre. El Padre común, el Padre Nuestro! Él se incluía en el rebaño.

La escena tiene lugar en Jerusalén, durante la fiesta de Hanukkah, la fiesta que conmemora la inauguración del Templo en 124 a.C. tras la victoria de los Macabeos contra los Seleucidas que habían profanado el Templo y prohibido la religión judía. Con un frasquito no contaminado de aceite sagrado, no quedaba más, se pudo encender entonces el candelario de ocho brazos que, milagrosamente, duró ocho días prendido. Coincide con la fecha aproximada del 25 de diciembre, curiosamente.

De modo que el contexto es el de una nueva dedicatoria del Templo, la inauguración de un nuevo “Templo”.

Existe un pueblo, un rebaño, y existe un techo, una protección todopoderosa porque es completamente amante, la Mano del Padre, existe un lugar donde la vida es para siempre, indestructible, donde el mal no nos puede alcanzar, del que nadie nos puede exiliar. ¡Y es verdad!!

En estas breves frases, resuenan muy alto las expresiones “jamás”, “nadie puede arrebatar nada”, “más grande que todas las cosas”. Este texto viene lleno de Dios, lleno de vida. Ese caudal de vida es el que pugna por arrastrarnos y asociarnos al rebaño de la gente libre.

No nos equivocamos, existe una comunidad, ya no solo la de Juan tras la resurrección, sino la que habitó el Verbo cuando “acampó entre nosotros”, que es casa común.

Obedece a esta paradoja; todos y todas cabemos, de hecho allí ya sobra el lenguaje inclusivo porque estás o no estás. Cada cual puede ser quien es, ser libre y vivir a la sombra de la mano de Dios otra vida, la que procede de su filiación. Pero, y esta es la paradoja, no se puede vivir en solitario, fuera del rebaño. Todxs libres, todxs vivxs pero todxs juntxs. Yo no me puedo salvar por mi cuenta, de espaldas a nadie ni a nada.

Aún vive en mi memoria el último encuentro con un rebaño de ovejas regresando del pasto bajo una lluvia intensa, y nuestro coche parado en medio del estrecho camino. Motores y luces apagados y esperar. Ninguna quería avanzar y rebasar el coche a pesar de los esfuerzos de pastoras y pastores (fue hermoso comprobar que había de ambos géneros). Para lograr que toda esa marea de lana pudiera rebosar el coche y nos dejara seguir, tuvieron que agarrar a una de ellas y sacarla en brazos, llevarla al otro lado y entonces, sí, las otras se apresuraron a saltar como fuera y afrontar el monstruo de acero que ocupaba casi toda la calzada.

Así sí quiero ser borrega. No dejar a nadie fuera, ser yo y ser tú, ser rebaño “nosinmihermana”, seguir la voz de quien me saca en brazos, me levanta y me salva. Pero nunca sola, porque somos Una misma cosa, nosotros y Tú somos Una. ¿ A quién se le puede ocurrir que se puede salvar en solitario?

Adonai Ehad como reza el Shemá Israel… es Uno, es Una, no tiene género, no tiene raza, no tiene orientación política ni sexual, es rebaño de iguales pero no de idénticxs, es amor puro en movimiento como la marea de lana mansa que rodeó nuestro coche, como la paz que te envuelve al caer la noche, la que te funde en el abrazo.

Quisiera ser rebaño en manos de mi Madre… pero

Me va a salir una profecía barata, tan fácil y tan obvia, pero no lo puedo evitar. Mientras una sola de mis hermanas, uno solo de mis hermanos permanezca tras una valla infame, en Gaza, Guantánamo, Turquía o Melilla (cielos cuántas hay). Mientras un solo ser esté excluido, acosado, fuera de juego… el rebaño no pasará. No habrá vida eterna para nadie. O todas o ninguna. ¿A qué esperamos?

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