La eucaristía de Juan Homilía V domingo de Pascua C 2016

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Juan 13:29-35La Biblia de las Américas (LBLA)

29 Porque algunos pensaban que como Judas tenía la bolsa del dinero, Jesús le decía: Compra lo que necesitamos para la fiesta, o que diera algo a los pobres. 30 Y Judas[a], después de recibir el bocado, salió inmediatamente; y ya era de noche.

Un mandamiento nuevo

31 Entonces, cuando salió, Jesús dijo*: Ahora es[b] glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en El. 32 Si Dios es glorificado en El[c], Dios también le glorificará en sí mismo, y le glorificará enseguida. 33 Hijitos, estaré con vosotros un poco más de tiempo. Me buscaréis, y como dije a los judíos, ahora también os digo a vosotros: adonde yo voy, vosotros no podéis ir. 34 Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. 35 En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros.

Footnotes:

    1. Juan 13:30 Lit., aquél
    2. Juan 13:31 O, fue
  • Juan 13:32 Algunos mss. antiguos no incluyen esta frase

Además de introducir el Lavamiento de los pies, que los sinópticos no relatan, Juan nos regala el discurso sobre el Pan de Vida, pero no tiene ningún relato de la institución de la última Cena.

La forma en que este evangelio dispone lo que sin duda fue una cena, hoy diríamos tal vez un encuentro, dependiendo de las culturas, una reunión… de despedida, no permite imaginar esa mesa alargada donde 13 varones se disponen a comer y beber solo pan y vino. Esa mesa que inspiró obras de arte surrealistas avant la lettre, ya que como dice el relato apócrifo-risueño: “el Maestro nos envía a reservar la mesa, que sea para 26 – Pero si me dijo que solo vendrían ustedes y él – Sí pero nos vamos a sentar todos del mismo lado de la mesa”. Hoy dirían los jóvenes que fue el primer selfie colectivo de la historia.

Cuando Juan escribe, no solo se conocen bien los relatos de la institución del Memorial de la Cena sino que ya se celebra en las comunidades. Juan decide contarlo de otra manera, lo cual no significa que, en cuanto al sentido, no esté contando lo mismo.

Esto nos lleva a preguntar por sus razones. Hoy día, cuando ya se cuestiona hasta la legitimidad del culto, cuando la gente llega a pensar y decir que “la misa es premoderna”, “los sacramentos inútiles” y que lo que se necesita son celebraciones creativas y alejadas de cualquier culto divino, tal vez estemos pagando por tantos siglos de celebraciones puramente formales. Tal vez ya en los primeros decenios del cristianismo se estuviera olvidando por momentos qué es la esencia de la Mesa compartida, el servicio, el don de sí, el amor incondicional.

Observando este texto vemos que se encuadra entre dos escollos: la traición de uno – Judas- y la negación de otro – Pedro. No nos engañemos, no se trata de hacer de estos dos individuos unos chivos expiatorios sobre quienes tirar nuestro juicio, condena o desdén. En la tradición existe el pueblo, el individuo no es tan importante como lo es hoy en las culturas occidentales del consumismo y el bienestar ganado a pulso. No nos velemos el rostro, Judas cumplió con su empeño –tal vez, procede ser cauto- de someter a Jesús al juicio definitivo donde quedara clara su misión, para por fin recibir el reparto de poderes ansiados por sus discípulos. No buscaban meramente la gloria de su Maestro sino ser asociados a ella, llevarse su tajada, y esa gloria era de este mundo… era poder. Aquí entramos todxs. En cuanto a Pedro, es preciso recordar que por lo menos él tuvo el valor de quedarse por las inmediaciones, pendiente de la suerte de Jesús ¿a dónde se habían ido los otros, de qué calibre es la negación de alguien que te deja tiradx en mitad del desastre? Hay que verse en el trance para darse cuenta de que darlo todo por Jesús, incluyendo la propia vida, no es tan fácil como pedir a otros que lo hagan.

Dos escollos, la búsqueda de poder personal asociada a la superficialidad y el miedo imponiendo sus dictados. Dos escollos que Jesús preveía, conocía bien a su gente, y con razón se turbó; sufrió profundamente primero por sus amigos y lo que les tocaría afrontar si él faltaba y luego se preguntaría por lo que quedaría en ellos cuando se quedaran solos, lo que serían capaces estos de transmitir…por que no muriera con él su Buena Nueva.

Tremenda responsabilidad fue hacerse cargo estos hombres y mujeres de hacernos llegar el Soplo del Maestro. ¡Lo lograron! Podemos dar fe. Ahora a nosotros nos toca hacernos la misma pregunta turbadora ¿seremos capaces de llevar esta noticia a nuestras vidas, hacerla prosperar y atravesar otras tantas generaciones?

Hoy más que ayer parece estar peligrando esta transmisión. Ya se diría que las esquelas de las religiones están ya redactadas… que todo se va a disolver en una espiritualidad que ni podemos definir pero que amenaza con comerse nuestra tradición.

La receta, si es que todavía nos importa, no ha variado: nos queda el mandamiento nuevo, el amor. El secreto no está en la magia, no está en cumplir a rajatabla los requisitos cultuales y rezar las decenas del rosario sin fallar un solo misterio. Hoy como entonces, no se trata de edificar una pirámide de poder en lugar del servicio ilustrado por el lavamiento de los pies –o como quiera que podamos servir, la forma es lo de menos- no se trata de cumplimiento moral siquiera… se trata de amar, a cuerpo perdido… si no queremos que entre Satanás con nuestro bocado de pan.

Porque en la Cena de Juan apenas hay pan, pero el poco que aparece, se convierte en veneno.

Queda una cosa, no querer poseer a Dios ni a nada ni a nadie, renunciar al poder, afrontar los miedos, para ser poseídxs, alimentadxs  y no envenenadxs.

No, el sacramento de la eucaristía no es un juego de roles, un conjunto de ritos ni un mero acto cultual… es la Vida misma, convocada y recibida. ¿Cómo está mi corazón cuando llegas Señor? ¿Quién es aquél que viene a habitar en mí, a “entrar en mi casa”? No se trata de merecerlo o no según reza el “yo no soy digno/a de que entres…” sino de amar.

Nadie dice que sea fácil pero es la única puerta. Afortunadamente no estamos solxs… y sí es posible, sabemos que sí es posible; lo fue para Jesús, lo fue para Pedro y lo fue para millones de antepasadxs y testigxs antes que yo. Con el Amor en casa, todo es posible.

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