Cuerpo roto y deslumbrante

 

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Homilía para un Cuerpo roto y deslumbrante

Ahí estabas, sol deslumbrante en medio de los rayos de oro, blancura inmaculada, transformado en mirada.

Se celebra la fiesta del Corpus cuando aún nos resuenan en el corazón el Jueves Santo que no hace tanto. Entonces celebramos el Cuerpo comido, alimento compartido, la mesa común, el servicio y la compasión. Hoy celebramos una extraña tradición, que consiste en exhibir ese Cuerpo, que llamamos Corpus para darle más empaque.

Este sábado compartí la celebración con nuestrxs hermanxs de la confesión apostólica galicana, una vieja tradición nacida en Francia que comparte fe y ritos con nosotros y proclama en su credo la “Iglesia una, universal y apostólica” con bastante acierto ¿no?

No repararon en mi cuerpo de mujer sino que me ofrecieron una preciosa casulla con el símbolo del año católico de la Misericordia, que usan también ellxs. Es un alivio que el sexo no importe; que podamos por fin centrarnos en lo esencial. Fue como vivir un salto en el tiempo, un futuro en que ya no haya que pelear, venir a Roma a entregar peticiones pidiendo que se reconozca nuestra plena dignidad de bautizadas… ahí andamos.

En medio de esta gente de honda espiritualidad y de gestos cálidos, aprendí como podrá ser el día en que “al levantar la vista” “veremos una tierra…” donde ya no importe la persona que celebre sino traer alimento a quien pasa hambre, esperanza donde hay duelo, bálsamo para el dolor, justicia en las luchas sociales y fuerza para derribar todas las murallas, todas las vallas, todos los alambres de espinos y concertinas ¡también las de los conjuntos residenciales de Bogotá! Todas las puertas cerradas por la estupidez y la ignorancia.

Que importen los cuerpos de mis hermanas y hermanos por lavar, por sanar, por besar y amar locamente. Que importen las mortajas pendientes de los cuerpos de héroes y heroínas, de los líderes y lideresas valientes, de la gente inocente, torturada y machacada, que no se han podido honrar. Importa que devuelvan el cuerpo de Natalia, Rosario, Margarita, Betty, Verónica y todas las que fueron violadas, rociadas con ácido, apaleadas y transformadas en despojo del feminicidio universal que arrecia. E importa que me llamen feminista, porque amo esos Cuerpos, entre los cuales figura el mío. Que importe el cuerpo de la Madre Tierra horadada por doquier para buscar metales y falsas riquezas en sus entrañas, aun a expensas de dejar a mi gente sin casa, sin tierra, sin vida, sin NADA. Que importen nuestras casas, nuestros trabajos, nuestras carreteras, nuestros paisajes y nuestras historias. Importa que quienes se aman lo hagan en libertad, así, sin más, y sin mediar juicios y clasificaciones idiotas.

Todo eso Señor es tu Cuerpo, venerado y adorado, ante el que no me cuesta susurrar una y otra vez el “te quiero”, igual que el sábado ante el altar.

Decía Raphael, “adorar es mirar y dejarse mirar”, nos invitó a dejarnos mirar. Fue como sumirse en el océano de amor más indescriptible, otro compañero de la comunidad también lo describía así.

Cuando el cuerpo es honrado, Dios es cuerpo, Dios vive y la gente vive… en paz.

Doy fe. Amén

 

 

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