Aquí huele a amor, huele a Ti

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Homilía 11 domingo TO C 2016

EVANGELIO de Lucas (Lc 7,36-8,3)

“En aquel tiempo un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús fue a su casa y se puso

a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora, la cual, al enterarse de que Jesús

estaba a la mesa en casa del fariseo, se presentó allí con un vaso de alabastro lleno de

perfume, se puso detrás de él a sus pies, y, llorando, comenzó a regarlos con sus

lágrimas y a enjugarlos con los cabellos de su cabeza, los besaba y ungía con el

perfume. El fariseo que le había invitado, al verlo, se decía: «Si éste fuera profeta,

conocería quién y qué clase de mujer es la que lo toca. ¡Una pecadora!». Jesús

manifestó: «Simón, tengo que decirte una cosa». Y él: «Maestro, di». «Un

prestamista tenía dos deudores; uno le debía diez veces más que el otro. Como no

podían pagarle, se lo perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Simón

respondió: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Jesús le dijo: «Has juzgado

bien». Y, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Yo entré en

tu casa y no me diste agua para los pies; ella, en cambio, ha bañado mis pies con sus

lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso; pero ella, desde

que entró, no ha cesado de besar mis pies. Tú no me pusiste ungüento en la cabeza, y

ésta ha ungido mis pies con perfume. Por lo cual te digo que si ama mucho es porque

se le han perdonado sus muchos pecados. Al que se le perdona poco ama poco». Y dijo

a la mujer: «Tus pecados te son perdonados». Los invitados comenzaron a decirse:

«¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha

salvado; vete en paz». Después de esto, iba por los pueblos y las aldeas predicando el

reino de Dios. Le acompañaban los doce y algunas mujeres que había curado de

espíritus malignos y enfermedades; María Magdalena, de la que había echado siete

demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; Susana y algunas otras,

las cuales le asistían con sus bienes.

El domingo pasado nos habíamos detenido en la mirada de Jesús ante la viuda de Naím, que enterraba a su único hijo. No, Jesús no la abrevó de sana y docta doctrina, no le asestó un par de verdades teológicas ni algún consejo de sentido común condescendiente del tipo “hay que tener paciencia, poco a poco…”. Se conmovió profundamente y dijo “no llores” (Lc 7, 11-17).

El consuelo llegó por la comunicación de ese amor tan poderoso que devuelve la vida, la alegría, que levanta lo caído y levanta a los muertos de la tumba.

Ningún pensamiento, idea o concepto es capaz de hacer nada de eso… solo el amor.

“El corazón tiene sus razones que la razón no conoce” decía Pascal, no por filósofo sino por místico. Había entendido lo que mueve el mundo y lo salva, y no es la inteligencia ni nuestra pobre razón…

Hoy honramos a esta mujer, esta pecadora como dijo el fariseo. Y, como dicen las buenas traducciones, hacemos MEMORIA de ella.

Hoy he celebrado misa con mi estola morada, famosa por la fotografía en que se ve como un policía se la lleva tras haberla arrancado de mi bolsa en la Plaza de san Pedro. Hoy le hemos devuelto la honra. Como la mujer del frasco de alabastro, una mujer con estola es un arma de destrucción masiva, de destrucción del poder opresor del patriarcado solo cabeza que ignora el resto del cuerpo, que cree poder vivir sin tripas.

Hoy hemos celebrado, recordándolo en la plegaria eucarística que entre los apóstoles figura una apóstola. Hacía tiempo que figuraba en la de nuestra comunidad nuestra pero hoy lo canta todo todo el orbe y hasta en Roma.

El fariseo del evangelio define a la mujer por sus pecados, el juicio no descansa, para algo están las etiquetas ¿no? Y también juzga a Jesús: un falso profeta que no ve ni quien es la que lo toca.

Jesús lee su mente como libro abierto y le recrimina: sí soy profeta y cuidado con lo que piensas.

Con la mujer Jesús solo se deja querer, mimar, embalsamar en vida. A cambio devuelve perdón sin condiciones ni preguntas, sin siquiera el prescriptivo arrepentimiento. Entrega paz de Dios y ratifica en firme que tiene potestad para hacerlo, porque sus pies están benditos. Son el lugar sagrado donde el Amor absoluto toma cuerpo y enraíza en la tierra, el punto de anclaje de la encarnación, de la materialización de la Presencia. Las mujeres sabemos: mientras no salen los pies no ha nacido la criatura, es la culminación del nacimiento.

En Lucas se percibe una dosis extra de ternura, un despliegue de gestos que no leemos en los relatos paralelos. En comunidad hemos leído los cuatro para llegar a la esencia. Cuando ahondamos ¿qué queda? El aire oliendo a perfume, a derroche de agradecimiento y muestras de entrega sin límite. Queda una mujer amando con cuerpo y alma a su Señor… y un fariseo boquiabierto.

Recordaba cómo el contacto con lxs más pobres me descoloca, como al fariseo. Porque son capaces de ir a la entraña de cabeza, sin remilgos, sin caretas, con lo puesto.

¿hasta dónde tendremos que bajar para salir de la superficialidad, de la banal preocupación por nimiedades? ¿Qué hace falta para que dejemos de juzgar a nadie y simplemente acojamos su forma de amar, sea la que sea?

Hoy, después de tantos siglos de esta escena, los fariseos de turno siguen manteniendo que somos pecadoras, indignas ya no de tocar Su Cuerpo sino mismo de vestir un trozo de tela alusivo. Hoy día todavía hay quien juzga a quien ama fuera del estricto patrón matrimonial-heterosexual.

Todavía queda quien se cree con derecho a decidir qué pueden y qué no pueden hacer o decir los demás. Y, lo que es peor, todavía queda quien se crea con derecho a decirte a quien puedes amar.

A los actuales servidores del Señor no se les permite que una señora los ame… ¿será desde ese día? No estoy soñando, todavía mis manos manchan, aún ungidas y benditas, aún me quieren apartar de ti…

“Señor date prisa en socorrernos…”

 

 

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