Sagrada adivinanza

12º Domingo Tiempo Ordinario

EVANGELIO  Lucas 9, 18-24.

Un día que Jesús estaba orando en un lugar retirado y sus discípulos se encontraban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le dijeron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías y otros que uno de los antiguos profetas resucitado». Él les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios». Y les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Jesús añadió que el hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley, ser matado y resucitar al tercer día. Y les decía a todos: «El que quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mí, la salvará.

Existen preguntas como simas. Una vez que te atrapan no vuelves a ser nunca más quien eras. Esta de hoy, de Jesús a sus discípulxs, es una de esas. Ante esta pregunta se abre un abismo en el  corazón de la persona creyente.

Opté hace tiempo por renunciar a contestar… no yo sola, no con palabras.

Observé con alivio que venía en plural, que la respuesta atribuida a Pedro es voz del sentir colectivo, no solo del grupo de discípulos sino de la gente, las multitudes como se puede traducir también. Apúntese que no dice apóstoles, esto es un texto de Lucas y la distinción no es casual. En el colectivo de discípulos entramos todos, entramos todas. No pasemos por alto que la institución de los doce dejaba fuera a las mujeres, el grupo de discípulos es numeroso, plural, no excluye a nadie, es creciente y vivaz, como masa de pan en el horno. No hay quién lo pare. Siempre le agradeceré a Lucas esa inclusión. También cabe hoy celebrar la iniciativa de Francisco, el papa, de contar en adelante a María de Magdala entre en círculo de lxs apóstolxs oficialmente inclusivo -el lenguaje inclusivo está en construcción, disculpen las molestias-.

En efecto, convoco aquí a toda la tropa, de ayer hoy y mañana de quienes adhirieron al Salvador, por en ancho mundo y quién sabe si en más lugares de la galaxia. Convoco una gran sentada fraternal y sororal para hallar la respuesta. No sé ustedes pero yo no llevo bien tener verme sola ante esta pregunta.

Este texto se inicia con una de estas escenas que se dan repetidas veces en los relatos del Evangelio, Jesús viene de orar, solo, retirado y como llevado por esa oración, le sale sin más esa pregunta. Es como si viniera a terminar la oración acompañado, como si buscara quien le ayudase a llevar el peso de lo que estaba escuchando, a perfilar su propia respuesta. ¿Demasiado para un hombre solo? Viene a plantar en medio de su familia, la semilla cosechada en su silencio. No es la primera vez que ocurre; tampoco quería orar solo en Getsemaní, aunque no encontró compañía en esa última vez.

Cierto, la pregunta sobre el ser, sobre la identidad es como una pesadilla para la humanidad. Ni Dios se identifica, simplemente es, fue, será en cuatro letras intraducibles e impronunciables. ¿Cómo se puede, entonces, pedir a un hombre que diga quién es? y a nadie se le escapa que decir quién es otro todavía es más imposible.

Porque yo no soy sola, porque tú no eres solo, porque sin el espejo del otro no soy nadie, porque solo soy en familia, en especie, en clan, en pueblo.

Esta mañana tuve que cubrir una ficha donde tenía que decir quién soy en 100 palabras… Acudí a nación, profesión, familia, comunidad de fe… a grupos. Cuanto más me interrogaba menos me salía así, desde dentro, decir quién soy. ¿Sin vosotros que me escucháis, que me leéis o me detestáis, -si también vosotros-? no soy nadie. Sin esas relaciones simplemente no existo, ni tengo historia ni tengo lugar y menos palabras ni lengua.

Es tan difícil que se sigue matando a la gente por quién es, o más bien porque no sabemos quién es, porque ignoran los asesinos que quien muere tiene su misma esencia, que en realidad se están matando a sí mismos. Paz para Orlando, paz para quienes no tienen permiso para ser quienes son, para los que castigan por ser, homosexual, albino, mujer, musulmán, atea o gorda… a todas paz.

De modo que Jesús manda a Pedro callar, ante la palabrota que acaba de proferir, puede que sin entender lo que significa aplicada a su Maestro. Este le enumera el contenido de su ser, la historia de su propia revelación al mundo: “padecer mucho, ser rechazado …, ser matado y resucitar”.

Claro que sé que este diálogo seguramente no fue así, que la luz pascual redondeó las frases y aportó su sentido. Pero lo que sí sabemos es que el destino, la propia historia y la colectiva, son nuestra identidad.

Importa, luego, la memoria, saber quién soy, quienes mis ancestros, cuál mi pueblo y los de mi misma habla, quienes mis hermanas de andanzas y quienes andan en círculos mayores aunque solo apoyen con su oración –el “solo” es con humor-.

Importa, mientras caminamos por el mundo, saber quien me acompaña, para saber quién soy. Importa amar a esas compañías, ¡sí, como a mí misma! porque simplemente sin ellas ni existo. Importa amar el suelo que piso con mi gente y me sustenta y me permite estar en pie ¡como a mí misma! porque sin ese piso no existo.

Hoy traigo aquí a mis compañeras de ministerio: no, mi empeño no es un capricho solitario de niña es un trabajo laborioso por recomponer los añicos del ala resquebrajada de la humanidad, su feminidad sacrificada. Nos quieren negar el pan por eso.

Hoy traigo aquí a esos pueblos que exterminan poco a poco, los que pelean por durar, quienes les acompañan, quienes pelean por su lengua o su cultura, su soberanía, su derecho a amar como quieran y a quien quieran ¡y que son nuestro ser!; sus tierras que son nuestra tierra, sus anhelos de libertad y paz que constituyen el ser mismo de la humanidad y el cuerpo de su Señor.

Importa saber con quién establecí alianzas y con quien no, me acompañan por igual.

Importa saber a quién amo y a quien no porque van conmigo sin distinción. Porque víctima y verdugo concurrren en el mismo concierto de voces hurgando juntas en el Diccionario.

Importa saber que me acompañan conocidxs y extrañxs, compatriotas y foránexs.

Importa saber que también las estrellas, las piedras del camino, el agua del río y el ladrido del perro pugnan por construir mi respuesta.

Pero la respuesta, la definitiva, tendrá que venir de mí.

Fíjate en la respuesta de Jesús cuando le toca decir quien dice él ser, “el hijo del hombre”, hijo de la miseria y la materia, todo un programa de vida e identidad que nos ofrece a quienes queramos ser en él: “Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mí, la salvará”.

Saber que ni Dios puede existir solo, solitario, sin historia ni memoria. Tampoco puede amar si yo no estoy ahí, si tú no estás ahí. SI NO ESTAMOS NOSOTROS.

Un himno que sabe a sagrada adivinanza: himno de San Gregorio Nacianceno:

«¡Oh Tú, el más allá de todo!,
¿cómo llamarte con otro nombre?
No hay palabra que te exprese
ni espíritu que te comprenda.
Ninguna inteligencia puede concebirte.
Sólo tú eres inefable,
y cuanto se diga ha salido de ti.
Sólo tú eres incognoscible,
y cuanto se piense ha salido de ti.
Todos los seres te celebran,
los que hablan y los que son mudos.
Todos los seres te rinden homenaje,
los que piensan y los que no piensan.
El deseo universal, el gemido de todos,
suspira por ti.
Todo cuanto existe te ora,
y hasta ti eleva un himno de silencio
todo ser capaz de leer tu universo.
Cuanto permanece,
en ti solo permanece.
En ti desemboca el movimiento del universo.
Eres el fin de todos los seres;
eres único.
Eres todos y no eres nadie.
Ni eres un ser solo ni el conjunto de todos ellos.
¿Cómo puedo llamarte,
si tienes todos los nombres?
¡Oh Tú, el único a quien no se puede nombrar!,
¿qué espíritu celeste podrá penetrar
las nubes que velan el mismo cielo?
Ten piedad, oh Tú, el más allá de todo:
¿cómo llamarte con otro nombre?».

 

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