XV Domingo tiempo ordinario C- 10 julio 2016

 Jesús samaritano.jpg

“Jesús, el buen samaritano”, p. Marco Rupnik, capilla del hospital Beata A.M., Madrid

 

EVANGELIO (Lucas 10, 25-37)

En aquel tiempo se levantó un doctor de la ley y le preguntó a Jesús para tentarlo: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Jesús le respondió: « ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?». Él le contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo». Jesús le dijo: «Has respondido muy bien; haz eso y vivirás». Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Quién es mi prójimo?». Jesús respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó entre ladrones, que le robaron todo lo que llevaba, le hirieron gravemente y se fueron dejándolo medio muerto. Un sacerdote bajaba por aquel camino; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Igualmente un levita, que pasaba por allí, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Pero llegó un samaritano, que iba de viaje, y, al verlo, se compadeció de él; se acercó, le vendó las heridas, echando en ellas aceite y vino; lo montó en su cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente sacó unos dineros y se los dio al posadero, diciendo: Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta. ¿Quién de los tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?». Y él contestó: «El que se compadeció de él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».

Este texto plantea una especie de clase al estilo de los filósofos clásicos; alguien pregunta y el otro responde para que quien pregunte halle por sí solo su respuesta. Aquí sin embargo quien pregunta no busca ninguna respuesta sino “poner a prueba”, pensando quizá tener ya todas las respuestas que le permiten posicionarse como juez.

Esta perspectiva sugiere que este personaje se encontrará reflejado en la parábola que recibe a modo de respuesta y no en lugar honroso.

Al leer esta parábola se te puede abrir un boquete en alguna parte, allí donde tu propia alma te esté preguntando: ¿quién eres tú en esta historia? y no, tal vez no seas el samaritano. Lo que sí es seguro es que tú, yo y cualquier ser humano puede hallarse representado en el hombre herido. Ahí estamos todxs. Ahí nos encuentra Dios hecho samaritano, es Jesús recorriendo su camino vital para socorrernos; san Severo de Antioquía, obispo (ca. 465-538) (Homilía 89: Cristo cura la humanidad herida) lo describe magistralmente. El samaritano recorre el mismo camino que Cristo en su misión y va sintiendo lo que él al ver a la humanidad tirada y casi rota sin remedio. La visita para curarla de sus graves heridas y dejarle medicina para continuar después. Nos dejó con qué seguir.

Nos dejó sus dos monedas para continuar y seguir nuestro propio camino crístico, camino de compasión, de afectación física por el dolor ajeno compartido eficazmente, no como simple piedad emocional y epidérmica. La palabra que se utiliza para compasión en griego habla del amor que nace del útero, lo más parecido al amor de madre.

No hay otro camino a la vida eterna, las herramientas son bien sencillas: manchar las manos, vaciarse de planes, propósitos preconcebidos y de juicios por muy asentados que estuvieran… dejar de pensar y poner las entrañas a funcionar, como el Padre misericordioso de la mal llamada parábola del hijo pródigo. Es trabajo exigente, es dejarse de rodeos y de obediencia a normas paralizadoras, es, en ocasiones, insumisión y transgresión obligada… una forma de obediencia audaz que las mujeres y los grupos sometidos conocen bien. Ahí están las personas afro americanas defendiendo su estatus humano ¡A estas alturas! Oía a una chica decir ayer ante la cámara, después del enésimo asesinato de un hombre negro por la policía estadounidense “no somos animales”. Lo siento pero me recordó alguna escena de “la cabaña del tío Tom”. Es cierto, a veces obedecer es pecar y gravemente.

La vida eterna; ¿acaso no será alcanzar la alegría que no se acaba, la libertad que nada acorrala, el valor pacífico de hacer lo debido para no apartarse del camino que lleva a ser uno con la Vida, sin separaciones ni fronteras. ¿Llegar a ser paz, llenarse de amor hasta ser amor y así alcanzar la eternidad? porque tal vez eso sea lo que significa amar a Dios.

Amar al prójimo; La proximidad se extiende desde ti mismx, desde tu mismo centro hasta donde te dejes llamar, interpelar, depende de cuánto quieras abrir los ojos y los oídos y, sobre todo, de cuánta compasión quepa en tu cuerpo.

El cuerpo es protagonista de esta historia. Vemos un cuerpo herido, tirado y casi muerto, dos siluetas que se perfilan al horizonte y se desvanecen y, por fin, una se va acercando y se concreta, se vuelve cuerpo real en el momento en que se hace eficaz trayendo la salvación.

Solo quedan dos cuerpos, uno objeto de cuidados amorosos, de generosidad sin fondo ni techo, y el otro, el del salvador. La escena es silenciosa. Nos deja mudos, sin comentarios como decía alguien esta mañana. Es tan límpida que pide silencio. Ver y acatar. Una experiencia de amor que, decíamos, lleva toda la enseñanza y el espíritu del evangelio, que bastaría aunque se perdiera todo lo demás.

Cuando nos quejamos de que los evangelios son incompletos, de que faltan tantas palabras y escenas de la vida de Jesús, sus familiares y acompañantes por relatar, acordémonos del buen samaritano y, si falla la memoria, siempre nos quedará el Padre bueno del hijo pródigo y si fallara más si cabe, oremos porque permanezca tatuada en nuestro corazón, impresa en letras de fuego en nuestros genes la compasión sin límites y sin condiciones de nuestro Padre; y su expresión eficaz en la entrega de Jesús, nuestro hermano, hasta después de la muerte, como bandido… a quien alguna vez llamaron samaritano para insultarlo.

 

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