Roma ciudad de Piedra, crónica de un jubileo

 

 

Dos presbíteras en Roma…

Lo primero que abruma y asombra para alguien que nunca ha pisado el Vaticano –yo conocía Roma pero siempre me había negado a visitar al Estado varonil del Vaticano- es su materia pétrea, gris y su concepción elíptica que da sensación de grandeza a lo que, al fin, no deja de ser una pequeña plaza con soportales, como dirían en mi país.

Llegamos mi compañera Janice y yo un sábado de calor aplastante, acomodación, búsqueda mutua por calles del Trastevere hasta parar donde se cenaba. Al fin vi el rostro de la compañera que solo conocía virtualmente. ¡es tan importante verse las caras para amarse y apreciarse!

Antes de encontrarme con ella me dio tiempo a paladear una eucaristía celebrada, en Santa María in Trastevere, según el rito de san Juan Crisóstomo, una liturgia que había estudiado en la facultd pero que no había oído cantar jamás. Sonaba a un Dios bello, que se cuela hasta lo profundo, pero a la vez lejano y tremendo, cocinado por unos varones que entendían aquellos ritos complicados y nos sirvieron el resultado de sus labores litúrgicas. Solo pude aportar mis oídos, un corazón atento y mi ironía mediterránea sobre lo lejos que quedaba mi querida y entrañable comunidad, esa donde nos podemos oler unos a otras, vernos los ojos y compartir pedazos de vida y hasta contagiarnos alguna vez la gripe y la alegría de una buena merienda… aunque no cantemos tan bien, cierto.

Durante todos aquellos días romanos, la sensación de viaje en el tiempo estuvo siempre presente, con dudas sobre si época clásica, alto medieval, medieval tardía… tal vez, pero no mucho más. Era entrar en el Trastevere y sentirme transportada lejos. Al mismo tiempo, con los ojos bien abiertos, y decía de vez en cuando entre dientes:” Aquí y ahora yo soy presbítera y eso no va a cambiar jamás”. Cuando me reunía con mi compañera Janice cada mañana en el jardín de la hospedería para el desayuno, la certeza era completa porque una puede tener alucinaciones pero dos no. Tal vez por eso el Señor mandaba a sus discípulxs de dos en dos…

Un día llegó ella con un gran sobre en la mano, era un martes, víspera del jubileo de los sacerdotes, y me dijo “hoy vamos al Vaticano”. En esa peregrinación ambas fuimos testigas de la presencia y de la luz de la otra, materializadas, sudadas, no tan bien peinadas como nos gustaría, o hambrientas, o dando saltos de alegría. Aquel día nos sentimos llevadas en volandas por mil generaciones de mujeres de Dios que nos arroparon, íbamos recordando sus nombres mientras avanzábamos por el patio del edificio de la Curia. No nos faltó el chiste sobre el establecimiento de los bomberos, en el patio que atravesamos: “si se enciende una sola chispa de fuego del Espíritu, estos ya lo apagan, por si acaso” bromeé.

Desde las once de la mañana hasta las 6h30 andando y buscando, haciendo filas bajo un sol de justicia, siendo chequeadas, fichadas y orientadas, por momentos descaminadas como en un juego de pistas retorcido… hacia, al fin, el despacho donde fuimos recibidas, con cariño y respeto, –nuevamente repito para mí: “aquí y ahora, en el corazón del que fue y es centro del mundo cristiano, somos presbíteras y ocupamos estos asientos en paz”. Recordaré siempre aquel trio que se entendió en español y en inglés. Tengo en mente el testimonio de janice, su alegato por nuestra causa que no es nuestra sino de la Materna Ruah, su evocación de tantos nombres y rostros amigos delante del Monsignore, siempre atento y sensible, Janice los desgranó como una letanía, me impactó tu rostro, compañera, lleno de amor y esperanza, no lo olvidaré. Salió también la gran Señora Magdalena. A los pocos días iba a ser proclamada oficialmente su celebración como fiesta y ya no memoria como una santa del montón. Nunca sabremos si pesó nuestra visita en esto, lo que pesa es nuestro gozo por que haya ocurrido.

Mientras Janice iba consignando sus señas en aquel papel destinado a facilitar la tarea de Francisco si se decidía a llamarnos, y yo esperaba turno para apuntar las mías, hablé con nuestro anfitrión. En nuestra lengua materna común le comenté cómo me sentía por caerme un castigo tan grande únicamente por querer servir al Señor y a su Pueblo, entre otras cosas, le dije “eso no puede ser castigado solo porque somos mujeres”.

Al día siguiente, en la misa jubilar de los sacerdotes, en la Plaza San Pedro, en el momento de comulgar me acordé y di gracias. Sabían que estábamos ahí, Janice y yo llevábamos nuestras albas puestas, unas bufandas moradas regalo de las chicas de WOW para paliar la confiscación de nuestras estolas por la policía justo antes de entrar. Sabían quiénes éramos y nos dieron la comunión. Ese dato quedará registrado en la historia y tampoco se podrá borrar. Dije ante la televisión que desde ese momento consideraba levantada mi excomunión latente y la de todas mis compañeras. Sentí una reconciliación total, también en la dimensión espiritual.

También sentí la largura y dificultad del camino que nos queda por recorrer. Cuando mi hija me pregunta desde España si todo va bien le digo “acaban de requisarnos las estolas” y me responde “¡mamá, ni que fueran pistolas!”. Así es, así entienden los hombres de piedra las estolas: como instrumentos de poder, por eso no pueden permitir que las usemos, y se enfadan porque en nuestras ordenaciones se nos ve con la estola por encima de la casulla. Alguien me dijo recientemente “eso no está bien”. Cierto, no es litúrgico pero ¿es litúrgico usurpar el poder y el lugar del Señor cuando Él es quien celebra y convoca? ¿Es lícito? Esta y más cuestiones dan una idea de todo lo que nos toca desempolvar, limpiar, pulir, renovar y acaso desechar. Lo que no sirve para servir, simplemente no sirve.

En misa, mientras concelebraba rigurosamente siguiendo el folleto y uniéndome en oración con la gente presente, desde la última silla, cerca de las nuestras, hasta la cumbre de todo el andamiaje, y también con la gente ausente, viva y muerta, me sentí en comunión a pesar de todo. Soy consciente, hermanas, de que hemos avanzado y estamos ya a años luz de toda la parafernalia institucional anclada en la piedra de sus columnas macizas, grises y tristes; pero me siento capaz aun de amar esa iglesia, como se ama a una abuela de años y recuerdos, pero que pierde la cabeza y te pone el tenedor de postre para comer la sopa. Sonríes y te levantas a buscar la cuchara. Esa gente no es ni peor ni mejor que nosotras

No asistí a la misa como activista sin más, mi intención era actuar desde el corazón y la fe, así lo hice y, lo confieso, sentí nostalgia y ganas de ser recibida como hija y hermana porque allí nosotras llenaríamos todo de flores, quitaríamos las barreras y los guardias, buscaríamos la forma de plantar árboles para que la gente pudiera estar a la sombra e incluso tumbarse en la hierba para merendar y dialogar. Buscaríamos la forma de que la gente tuviera una forma de participar y hacer oír su voz en las celebraciones. Organizaríamos allí mismito, donde nuestros mártires dieron la vida, unas pláticas y grupos de reflexión, tertulias y círculos siempre abiertos sobre temas de vida y fe, sociales y políticos, con café y bollos y agua a disposición y también guardería para niñxs y catequesis. Sonaría música alegre y NADIE, NUNCA MÁS, se sentiría excluido. Podríamos invitar a gente de otras confesiones, de otras religiones. Organizar veladas de oración improvisadas y quedadas… esa plaza puede dar mucho uso Y ¿sabeis qué? Si no es allí será en otras partes, ya está siendo y ellos se lo están perdiendo.

El Reino ya se ha acercado a nosotras y ha venido a quedarse.

Gracias hermanas por vuestro apoyo, por vuestras oraciones y vuestra confianza, por haber facilitado de muchas maneras estos momentos y esta historia, todas hemos estado en Roma, doy fe. Gracias también a las hermanas y hermanos del cielo que hemos invocado y han respondido.

Gracias Janice, maestra, que tu luz siga brillando, no he terminado de aprender todo lo que tienes que enseñar pero dame tiempo. Fue un compartir sororal pleno. Un tesoro.

Gracias Divina Madre, porque en ningún momento nos fallaron tus cuidados y aliento. Gracias porque Tú nos amas y solo eso es verdad.

Christina Moreira Vázquez, presbítera ARCWP

A Coruña, Galicia, España, 14 de julio 2016

in english http://bridgetmarys.blogspot.com.es/2016/07/christina-moreira-vazquez-arcwp-woman.html?spref=fb

Anuncios

Un pensamiento en “Roma ciudad de Piedra, crónica de un jubileo

  1. Pingback: Dos presbíteras en Roma « Mujeres sacerdotes en la Iglesia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s