Intendentes de la servidumbre del Reino

EVANGELIO (Lucas 12, 32-40)

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No tengáis miedo, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha decidido daros el reino. Vended lo que tengáis y dad limosna con ello. Haceos bolsas que no se gasten y riquezas inagotables en el cielo, donde no entra ningún ladrón, ni roe la polilla; porque donde esté vuestra riqueza, allí estará vuestro corazón». «Estad preparados y tened encendidas vuestras lámparas. Sed como los criados que esperan a su amo de retorno de las bodas para abrirle tan pronto como llegue y llame. ¡Dichosos los criados a quienes el amo encuentra en vela a su llegada! Os aseguro que los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos él mismo. Si llega a medianoche o de madrugada y los encuentra así, ¡dichosos ellos! Tened en cuenta que si el amo de casa supiera a qué hora iba a venir el ladrón, estaría en guardia y no dejaría que asaltaran su casa. Estad preparados también vosotros, porque a la hora que menos penséis vendrá el hijo del hombre».

 

Mi homilía de hoy va dedicada a Salomé, que justo acaba de llegar a una linda familia. Bienvenida Princesa de Paz a la familia humana. Te deseo larga y feliz vida, amor y fuerza grandes como los de tu mamá.

De regreso de una visita a casa de esta familia, me contaba Vicente, el tío de Salomé, que estaba admirado por la fuerza que había observado en su hermana, en la hora del parto, su valentía… y, por lo que describía yo diría que su heroísmo.

Al paso descubría yo algo más de lo que supone vivir “lejos de todo” –en mi tierra cuando algo está muy lejos decimos que está “en la casa de Dios”, eso sí, con ironía- sin transportes, a mil leguas de un hospital decente y con un parto difícil en camino. Los suburbios de Bogotá encierran muchas historias, incontables historias de superación y humanidad.

Mientras iba escuchando estas palabras de Jesús me sentía interpelada. En la oración mientras las meditaba antes de escribir, mis manos se colocaron solas sobre mi vientre, mi útero. Me decía ayer Vicente que hasta entonces no le había quedado tan patente hasta qué punto las mujeres son fuertes. Yo le contestaba que la fuerza venía de regalo con la encomienda de traer nueva vida, que si los varones parieran, otra tanta les tocaría. Ellos la desarrollan en otras ocasiones. Pero le estoy agradecido al amigo por la observación; sí, somos fuertes y lo somos desde siempre aunque lo disimulemos por momentos, no alardeamos, pero cuando toca… se ve.

Mis manos decían: tú, nosotras, sabemos lo que es velar, esperar, cuidar que no falte de nada y tener todo dispuesto –incluido cualquier sacrificio y la vida si fuese preciso- cuando la Vida llama o golpea, eso depende.

Sabemos de las noches en vela con el termómetro en una mano y la caricia en la otra, cuando ya no sabes si el sudor que te encharca es el tuyo o el propio.

Sabemos de las antesalas de bloques operatorios y también de puertas de morgue. De largas veladas ante el teléfono porque alguien viaja o falta. Y sabemos de angustias.

Sabemos cómo pasarnos la angustia de una noche interminable, guisando, calcetando, limpiando, rezando. ¿Quién ha enseñado a las madres que sus desvelos cuidan a sus hijas, a sus hijos, a nietos y hermanas…? ¿De dónde han sacado que si no se duermen, no va a pasar nada?

Porque saben, desde muy hondo y desde muy siempre que velar es la tarea sagrada a medianoche o de madrugada. Pase lo que pase, si has velado bien, si lo has hecho todo bien y, sobre todo, si has amado sin parar –para eso no has dormido- aunque pase algo malo, te pillará despierta. Y si llega tu amor sano y salvo podrás irte a dormir en paz.

Esa paz es el tesoro por el que vale la pena venderlo todo, sacrificarlo todo. Y vale amontonarla, amasarla y acumularla en montañas como cerros porque el DÍA que tengas que dar cuentas, tus manos se abrirán entregando ese regalo al mundo.

Velar es eficaz, es apurar la llegada y acopiar amor mientras velas.

No es una esperanza algodonosa en algo impreciso y romántico. Velar es esperanza como la entendía el Señor aquél día en el Huerto. No tiene nada que ver con el tiempo cronológico. Velar es entrar en ese tiempo en que todo es presente. Aunque falte alguien en tu vida, porque vive la vida que no tiene fin o porque está lejos de ti, mientras vela está cerca, está en ti, ¡vive! Y tu vela le protege.

No tengáis miedo, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha decidido daros el reino. En el  Reino siempre es de día, los marineros llegan a buen puerto, los adolescentes llegan a casa, sanos y salvos, las niñas no pueden ser violadas, la gente pobre tiene un techo y una cama. En Reino nunca falta el Pan y el Vino, no falta la música y la danza.

Si velas en el Reino, no te muerde el miedo.

De modo que, señores y señoras que estos días estáis reunidos para decidir si en los primeros tiempos del cristianismo, cuando ni así se llamaba, las mujeres eran “diaconisas”, ya les digo yo. Entonces y ahora, primeras en velar, primeras en servir, primeras en consolar, expertas en intendencia del Reino y su Rebaño, más obedientes no encontrarán.

Por Salomé y sus hermanas del siglo XXI, para que no asistan a más comisiones sobre obviedades y puedan desarrollar todos sus talentos en una tierra en paz.

Mientras tanto, seguimos velando y sirviendo en buena compañía ¿verdad Señora María?

Amen

Christina

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